Prostituta
Una entrada que ni yo misma comprendo, así que no espero buenos comentarios de ella...
Prostituta
No fue por centavos, ni monedas doradas. No fue por puestos de aristocracia, ni por una copa de licor; ni por pedazos de pan duro...
Una no sabe después de los años, cuánto tiempo pasa con cada uno de ellos, de dónde vienen o a dónde van; sin embargo con cada uno de ellos las cosas resultan exactamente iguales y, a la vez, distintas...
Ellos vinieron a mí y, no hubo vez que las cosas hayan pasado de forma diferente:
Me miraron con deseo y lujuria, tanto las telas más finas como las más gruesas no fueron lo suficientemente fuertes para alejar sus miradas impías y descomunales. Ellos miraron mi cuerpo más como un objeto en el cual penetrar que como la mujer que de verdad soy. Las yemas de sus dedos tocaron mi rostro con ternura, sus labios se posaron sobre mi cuello y a mis oídos les susurraron propuestas indecentes con las palabras más elocuentes que jamás pude haber imaginado...
Y aun sintiendo aversión tanto por ellos y por mí, cierro los ojos y me visualizo en los brazos del único que alguna vez me besó con amor.
Y así me he dejado llevar... Cada uno de ellos se despojaba de sus ropas rápidamente, mientras yo quedaba escondida tras los vestidos de seda fina, porque con delicadeza y elegancia me retirarían cada prenda; mi perfume se quedaba impregnado en las telas de todos colores. Disfrutaban de pasar sus manos por mi cabello con olor a jazmín para después lamer mi piel nacarada con sabor a sal. Acariciaban los senos como dos pepitas de oro, los besaban y, algunos incluso los mordían. Otros, tomaban mis manos y las llevaban a donde sus miembros se llenaban de sangre caliente, y sólo algunos rogaban porque los besase.
Recuerdo cada gemido que todos han desprendido, la forma en que sus suspiros se mezclaron con el aire; recuerdo lo que han pedido que haga y diga, recuerdo sus ojos llenos de éxtasis, sus labios hinchados de tanto veneno en ellos; aun en la oscuridad es posible distinguir la satisfacción que les llena el cuerpo... Todos reaccionan igual.
Ninguno me amó y, sin embargo me sentía templar en sus brazos, sentía el corazón vibrar y la mente sobresaltarse entre la inmensidad de sus palabras sublimes y retóricas. Uno que otro soltó una palabra de dulzura y cariño, pero creerle a uno, hubiese significado creerle a todos; mas yo sí los he amado a todos. Porque con el paso del tiempo he aprendido a disfrutar de los roces de sus manos, de los besos no deseados y, a creer sus palabras falsas...
Pero aquí lo único que importa es que ellos tengan una erección, que sacien sus instintos carnales; y no que yo tenga un orgasmo... Ellos toman de mi cuerpo lo que creen que desean, lo que ellos piensan es lo mejor de mí; ellos no ven más allá de la escultura que el tiempo terminará de esculpir, ellos se toman el derecho de ser los artistas y querer moldear hasta mis caderas a su gusto, sin preguntarse si sus manos logran una sensación erógena en mí.
Todos terminaron echados en suaves colchones a mi lado, todos dejan una mano entre mis muslos, todos recargan sus cabezas entre mis pechos, todos se duermen allí... Y mientras ellos se encuentran en sus ensueños, totalmente satisfechos físicamente, yo me desangro internamente.
Vislumbrar cuándo fue que esto comenzó sería redundante, porque bien lo sé:
Él me besó, yo le besé. No pudimos detenernos, de pronto el mundo parecía moverse más lento comparado con la rapidez con la que nos ocultamos de él. Llegamos a un momento eterno, donde el beso pareció interminable y, por un momento, pensé estar fundida con sus labios. Él me tomó en sus brazos y me arrulló con su voz. Me mordió tan tierno como se muerde al aire. El viento se llenó de fuego, me sentí arder en sus manos. ¡Sentía una quemazón constante cuando apenas rozaba con sus labios mi cuello!
Cada movimiento que hacía me llenaba de placer, exploraba por los lugares más inhóspitos, besaba los más recónditos y experimentaba en los más extraños. Me abrazaba y me abrasaba. Los cuerpos sudaban y la chimenea se avivaba. Y las horas del reloj ni se detenían, ni avanzaban; ni morían, ni vivían. Él seguía allí, me atraía a su cuerpo y me alejaba para poder llegar al clímax. Esperamos, esperamos hasta que los gemidos fueron progresivos e inseparables... Ambos, suspiramos de gozo.
Desnudo él, desnuda yo, desnudos ambos. Los versos más dulces me recitó él, también los más profanos. Yo me perdía en el eco de su voz, en el silencio que no manteníamos. Posó su mano sobre mi cadera y recorrió una vez más mis piernas y mi abdomen, volvió a excitarme hasta el apogeo de ambos. Esa vez, fui yo la que cayó dormida entre sus músculos apenas definidos.
Y a la mañana siguiente, al abrir los ojos, distinguí su figura de todas las otras de la habitación en penumbra. Ya había desaparecido su mirada amorosa, empero todavía se reconocía en ella el deseo que me profesaba. Me sonrió sádica y sarcásticamente. Su mirada penetró en la mía, se acercó y, paradójicamente, cubrí mi cuerpo para no sentirme impúdica. Rió y rió más. Besó mi frente y escupió algo que jamás hubiera deseado oír:
-Te amo. Toma.
Sus puños me lanzaron un par de billetes arrugados y llenos de un líquido extraño. Parpadeé, y al intentar espetarle algo en la cara, me detuvo un dolor en el pecho. Corrí al baño, donde lavé mi cuerpo intentando borrar de él cada caricia y beso. Mas ni el jabón, ni los minerales del agua, ni los perfumes más finos cubrirían el asco que comenzaba a sentir más por mí que por él. Recogí mi cabello. Al salir de la sala de baño, escuché cómo cerraba la puerta a lo lejos. Tomé mi abrigo, en la cómoda me topé con un papel amarillento con olor a su aliento:
"La pasé bien. Te quiero. Adiós." Decía.
Sentí como si una daga pequeña pero filosa estuviera enclavándose en mi pecho; como si los gusanos devoraran mis alas grises de paloma... Pero extrañamente las lágrimas nunca se hicieron presentes. Rocé mis brazos poco a poco, extrañando sus manos y detestándolas al mismo tiempo.
-Prostituta.- me sentencié.
Suspire varias veces hasta creer que había expulsado todo el aire, quise morir. Pero no morí.
Tan sólo me digné a cerrar la puerta y continuar con mi camino. Los recuerdos de la noche anterior comenzaron a atormentar mi mente. Yo lo amaba, lo amaba hasta el punto de haberle entregado mi ser...
Afuera, llovía; así que nadie pudo notar las lágrimas que derramaba.
Y así paso las noches mientras todos ellos duermen en mis senos. Lloro en silencio, grito con calma y sollozo aterrada. Los miro una y otra vez buscando rasgos que me recuerden sus ojos, sus labios; siempre los encuentro. Sonrío y suspiro tranquila para que ellos no lo noten...
Cuando por fin despiertan, irguen su espalda, bostezan y contemplan mi rostro desvelado. Se visten con las ropas de la noche anterior, se perfuman, se peinan; ocultan las bestias sangrientas que son tras sus trajes ingleses. Caminan hasta la puerta, giran la perilla y me dedican una sonrisa divertida. Algunos se han despedido, otros simplemente agradecen la noche asintiendo.
Los admiro mientras parten y concentro mis sentidos en escuchar sus pasos al alejarse.
Cepillo entonces mi cabello y comienzo la misma rutina de siempre. De todos sé sus nombres, sus gustos, por donde les fascina tocar, donde les agrada posar los labios y donde les encanta penetrar con la lengua. En todos ellos lo busco, en todos ellos lo hallo, y en todos ellos lo aborrezco; empero a todos ellos satisfago.
Jamás fue por centavos, jamás fue por monedas doradas. Jamás fue por puestos de aristocracia, jamás fue por una copa de licor, jamás fue por un pedazo de pan mohoso... Siempre fue por una miga de su amor.
Morgan de Vampouille.

“Pocas comprenderían este sentimiento, ese constante aquejo que aprieta el alma y envenena el corazón. Muchas menos saben del saber interminable del amor inalcanzable: Una prostituta más en las calles.
Morgan de Vampouille
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