Azote Divino
Años hace que la Suicida nos entregó 7 cartas, allí, descargaba sus traumas y desgarraba su alma para tratar de salvar su vida; sin embargo hoy regresa e intenta ofrecernos algo distinto...
Han pasado muchos días desde que cerró su vida con un último sorbo del elixir de la promiscuidad, soledad y cansancio; y esa última copa tendrá que durar para toda la eternidad en el purgatorio... El mundo la ha llevado por caminos que jamás creyó pisar, se topó con flores que jamás soñó; escribe distinto hoy, les dejo con ella:
Amigos, hace tanto que no los saludaba, pasó mucho desde aquellas cartas que de nada nos sirvieron. No les mentiré, cada carta que les escribí hace años me causada dolor... Sin embargo hace unos días regresaron a mis manos esas hojas arrugadas, volví a ver cada una las imágenes que me llevaron a escribirlas, pero no sentí nada. Pareciese que el tiempo me ha vuelto más insensible y frígida de lo que era antes, sin embargo en un giro inesperado les entrego este último texto:
Azote Divino
Querido Azote Divino:
Te adoro, me encantas. Sólo contigo se cruzan mares y las ciudades se vienen abajo, sólo contigo late de verdad el corazón, sólo contigo. ¿Cuánto hace que te conocí? o ¿de verdad te conocí? Esta noche me siento a contemplar las estrellas que hace años se desplomaban en mi mirada, me inclino a besar el suelo por el que corrió mi sangre tiempo atrás. Y el chocar de las olas con la costa me perdía cada noche, el aire frío cuando resoplaba su voz sobre mis oídos, el sabor de la salada mar en mi piel... Azotada, con la espalda tapizada en grietas añejadas, y los ojos inundados en seco; todos soñamos con el azote sutíl y carismático, tierno y suave... Azote con plumas de ganso, azote con sábanas de seda, azote con olor a fresca mañana, azote con sabor a cereza... Dulce y suave azote. Empero no eres suave, ni sutil; sádico cuervo, siervo del sufrimiento... ¿Te recuerdo lo que pasó? ... entonces miré a la ventana y el dolor invadió mi cuerpo. Pude evitar que las lágrimas salieran de mis ojos, mas sentía que dentro de mí, miles de sollozos eran prisioneros de un silencio fulminante. Abracé mis piernas, y lo salado de las lágrimas comenzó a inmovilizar mi faz... Recordaba su primer beso, su último beso... Recordaba su mirada tierna y llena de cariño, y cuando finalmente ésta se volvió fría e indiferente. Me pareció que había pasado un siglo desde que su voz romántica había llegado a mis oídos. Yo lo amaba, y entre más lo adoraba más me olvidaba dónde había quedado mi cordura. Entre el frío de la mañana que nace, me hundí en las posibilidades de la muerte que me rodeaba, observé como las estrellas se perdían en el horizonte tan distante... Y todo mi entorno lleno de viejas rosas secas, rosas eternas. Pero ellas nunca fueron mías, fueron de sus vanidades, de sus deseos carnales, de sus orgullos... Rosas y más rosas que se acumulan con la historia, rosas y rosas que se secan para dejar el rastro del aroma que jamás existió, rosas que fingen no tener espinas... Que ya no pude escribir, que cada vez que respiraba se sentía el golpe incesante del día anterior, que hubiese querido que el aire se llenase de veneno, que el agua se tornara turbia para no poder ver mi rostro deformado por las heridas que le había causado. Lo perdí todo, mi lucidez, mi templanza y la sensación de sentimiento. Privé a mis labios del líquido vital, corte mis uñas hasta la cutícula para no poder herirme más, vestí mi cuerpo con harapos, finalmente, cerré los ojos: esperaría a la muerte en soledad, como es debido. Después de unos días de hambre y sed, la muerte no llegó. Igual que ellos, se rehusó a mostrarme compasión. Comprendí entonces que hasta la muerte ama, que morir por desamor es tal cual morir por amor. Y en el balcón donde se posan las palomas por los días y los cuervos por la noche me senté a mirar como pasa la vida... Azote mío, lo recuerdas bien, lo sé. Puedo ver aún la sonrisa que esbozaste cuando quise cortar mis venas y no fui lo suficientemente valiente, puedo reconocer todavía el eco de tus palabras irónicas... No fueron ellos quienes me abandonaron, fuiste tú. ¿Por qué lo hiciste? ¿No era yo digna de tu presencia? Quizá, eres sólo para aquellos con almas volubles, sensibles al calor de la vida; y no para quienes nos asqueamos con el rocío de la mañana y nos encanta el vals de la noche. Tal vez, cada vez que el odio y el dolor me inspiraban te merecía menos, azote divino. Puede ser que cada que pedía a gritos la muerte y me ahogaba en alcohol, perdía la oportunidad de recuperarte. A tantos nos castigas con tu abandono, a tantos les das sólo venturas que vivir. Ellos no conocen el calor de la lujuria en lugar de el del cariño, ellos jamás han charlado con su corazón moribundo, ellos nunca verán el masoquismo como una sensación de la vida misma. Y es que el olor a fresca mañana se termina cuando entra por mi ventana. Porque aquí sólo existe el olor al corazón alcanzado por la muerte días atrás, al sudor que desprendo al tener pesadillas, a la infinidad de sal que he derramado en lágrimas; aquí huele al hielo quemado, al perfume antiguo de las rosas, a las larvas naciendo en los ojos que me arranqué para no llorar más, a la piel de la que me desprendí para olvidar todas sus caricias siendo carcomida por ratas: aquí reina el hedor de cuando el amor se pudre. Y aun sabiendo que ellos jamás volverán, que sus labios siguen siendo prohibidos e impíos; todavía vuelvo mi mirar cuando la puerta se abre, tan sólo para descubrir que el viento me juega bromas. Y al dormir en la vieja cama, creo que sus espectros me abrazan, creo que sus labios me besan y sus ojos mi miran; como antes. Ni ellos, ni tú volverán. No sé por qué escribo estas líneas, si nadie las leerá. Si es que pudiesen llegar un día a tus manos, no te molestarías en abrirla siquiera. Porque ¿qué puede querer una suicida? ¿Morir en paz, un amante para llorarle en su funeral? Ingenua que fui al creer que alguna vez podrías halagarme y darme una oportunidad. Llené mi mente con sueños infames que siempre supe, nunca se harían realidad. Insolente contigo, azote querido, me vi; te desafié a que me mostrases otra parte del mundo: y lo hiciste. Trajiste tantas rosas como te fue posible, las condenaste a quedar sumergidas entre la vida y la muerte, las condenaste a pasar la eternidad con una loca que sólo llora y pide clemencia a la muerte; y a esa loca, le diste vida con las rosas. Ahora, le despojas de cada pétalo, hasta de cada espina. Eres el verdugo más común y el menos conocido, eres fuerte cadena, de oro, pero al fin cadena. Lo cierto es que, ser una suicida jamás bastó para escapar de ti, porque estás en el viento, en el fuego, en el agua... Y al renunciar a ti, me ato más a ti, a cada palabra que resuena en mi mente, me lleno más de sentimientos que no han existido, no existen y no existirán. Azote mío, fuerza que destruye ciudades, que cruza mares y crea fantasmas; todos te necesitan, todos te idolatran, todos te sueñan sin saber qué diablos eres: eres verdugo que azota con tallos de rosa. No vuelvas más, porque el corazón ya dejo de latir, porque la mente ha olvidado quien eres y los brazos que te recibían ya no lo harán. Azote querido, me asesinaste. Algunos que mueren bajo tu manto son recordados como héroes y valientes, mas yo seré olvidada, con suerte llegaré a ser enterrada y quizá el mismo sepulturero se pregunte ¿Quién es ella?, pero esas ilusiones las he abandonado con el tiempo, porque lo único que me espera es la fosa común. Cada noche volveré a este lugar, a esta cuna de vida donde nació mi muerte. Cada noche encontraré aquí a alguien distinto, guiado solamente por la necesidad de fornicar, cada noche buscaré en su rostro los ojos de mis viejos amantes, y en ellos el amor que me dejaron de profesar. Sin encontrar nada. Entonces el cortar mis venas, el rasgar mi cara y perforar mis ojos habrá valido la pena; estando muerta por fin sabré cuándo morí. No intentes devolverme la vida, no intentes darme de beber sangre ni vino, no intentes negar que eres la fuerza más grande y más terrible. Me castigo a ti, me confino a sufrir en el infierno a tu lado, sé que de allí vienes. Cuando por fin te dignes a regresar, en mi tendrás una gran compañera quien ya habrá comprendido que la única rosa sin espinas es aquella que no ha nacido. Siempre tuya
La Suicida, Dyane Aibhill.
Adios, amigos míos. Quizá jamás regrese o regrese pronto, no lo sé. Si conocieron las viejas cartas habrán notado ciertos cambios. Gracias por leer. Hasta siempre.
Así concluye esta entrada, sigan leyendo que nunca sabemos cuando el final llegará.
Morgan de Vampouille.
“Don't speak... so please stop explaining... I don't need your reasons, don't tell me 'cause it hurts.
”
Homero, el poeta ciego de la antigua Grecia, llamaba Azote Divino, a la fuerza que provocaba guerras y destruía ciudades: el amor
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