Les Vampires N'aiment Pas (fragmento)
Entre Ensueños
Cayo la noche en todo Londres, era una noche clara y serena, de esas que los amantes gustan de disfrutar. Ya entrada la oscuridad Arlene saltó de su cama, encendió una vela color verde y la colocó en un candelero, se puso una bata y salió de su habitación Toda la mansión de los Berkeley se encontraba en rotundo silencio. La penumbra dominaba cada rincón de la poderosa morada, sus pies estaban en total frío. Caminaba con cautela, tratando de no hacer el más mínimo ruido para no despertar a nadie. Cuando se encontró frente a las poderosas escaleras pensó seriamente en retornar a su pesadilla, pero bajo; se ayudo del viejo barandal de madera de pino. Conforme avanzaban sus pasos la casa se tornaba más fría y misteriosa que antes. Consiguió llegar al pie de las escaleras sin caer. Puso el viejo candelero de plata sobre la cómoda a lado de la puerta e intento abrirla hábilmente, trató una y otra vez hasta que la cera de la vela le cello en el candelero, en un vano esfuerzo golpeo la puerta desesperada, nada ocurrió entonces. Volvió a tratar y esta vez, más calmada, lo consiguió. Dio un pequeño soplido a la vela, se apagó. Salió de la casa apresurada, y tomo la llave de cobre ya casi oxidada, cerró la puerta con destreza y camino rumbo al bosque. En la oscuridad tan profunda de la noche le costo trabajo encontrar el viejo sendero que seguían ella y Hector cuando se veían a escondidas. Sintió un inmenso frío penetrando sus pies, quizá todo su cuerpo. Pero dio un paso y entro en el sendero. Caminaba entre la hierba húmeda, de vez en vez tropezaba con alguna raíz de los árboles fuertes. Cuando dio un giro para cruzar el camino vio en su mente todo tan claro. Ese era, ese era el árbol donde el uno al otro se habían jurado amor:
Ella estaba recargada en el árbol, Hector le había rodeado con sus brazos protectores y fuertes, dejándole así ningún camino por escapar. Se cruzaban sus exhalaciones, y sus miradas se estudiaban mutuamente.
-Te amo- le había dicho Hector. Se le había quedado mirando esperando que ella soltara alguna palabra. Pero ella estaba totalmente inmutada. A pesar del frío del fuerte invierno ambos emanaban el calor del amor. Cormark la miraba curioso, analizando cada gesto y movimiento que Arlene hacía. - ¿Tu, que sientes?
-Pasión.- respondió Arlene sonrojándose en la oscuridad del bosque.- Tengo calor.- se miraron a los ojos con interés.
-El frío y la soledad jamás te alcanzarán mientras me tengas en cercanía. La luna sonreirá cada noche que nos abracemos y el sol iluminará nuestros rostros con fervor. -Hector había tocado sus párpados con dulzura. Después acarició sus mejillas con los pulgares. - Solo con el amor que te profeso podre vivir cada día. Por que volvieras a dirigirme esa mirada daría hasta la vida, por que esas tiernas manos me acariciaran quizá me iría directo al infierno, en condena eterna, pero siempre con el recuerdo de ti.
Arlene hubiera podido jurar que veía de nuevo la escena en el viejo roble. Caían de las ramas del árbol finas hojas, figuraban el vestido de una bailarina de teatro, pero mucho más fino y estilizado. Las actrices de la época hubieran asesinado por un vestido que se acercara aunque fuera solo un poco a aquella figura entre la niebla. Aun podía inhalar el fresco aroma de aquella noche. Percibió que una lágrima se le había escapado de los ojos. La seco con la manga de su bata sedosa avergonzada por aquello. Continuo caminando por el salvaje camino de tierra y hierba salvaje. Observaba y contemplaba con atención cada detalle del bosque recorrido tantas veces con una sonrisa en el rostro. De pronto, encontró un tronco hueco tirado, ahora una nueva escena se desplegaba en su mente, una aún más agridulce que la anterior:
Ella lucía un hermoso vestido color vino, escotado por delante, y de mangas amplias y largas, largo hasta arrastrarlo; Hector como siempre, vestía a la moda y lleno de presencia que cautivaba a cualquier mujer que le viera caminar y desarrollarse en la pista de baile. Ella se había sentado atrevidamente en el regazo de Hector, nada propio para una dama de su categoría, pero estaban solos. El la abrazaba de la cintura mientras ella recargaba su cabeza en sus fuertes hombros. Hector solía oler su cabello color ébano.
-Promete que jamás me dejaras- pidió Arlene como una condición para su amor eterno.
-Lo prometo. Dejarte sería la locura más grande de todas, Arlene.
Hector la alejo de su cuerpo solo para volverla a acercar y presionar con sus labios los de ella. Se estrechaban con fuerza y ella echo los brazos alrededor de su cuello. En tal apasionado beso cayeron ambos a la hierba en aquel entonces seca y suave. Pero eso no impido que siguieran besándose. Mucho había escuchado antes Arlene sobre aquello que ellos hicieron en el bosque. El vestido color vino terminó cubriendo el viejo tronco en lugar del cuerpo de Arlene...
Arlene miró entonces el tronco con extrañeza, esperando que olvidar aquello fuera más sencillo. En aquel momento oyó el aullido de un lobo, se estremeció pero no quiso salir del bosque. Sus pies ya estaban bastante heridos para que no llegara a su destino. No desistiría. Camino con más destreza aunque las lágrimas habían inundado sus ojos. La hierba mojada de pronto aumentaba el ardor de sus heridas, otras más lo reducían. Para el caso, era lo mismo. Pronto estuvo ahí. Frente al viejo lago de agua verduzca que con la luz de la luna llena se tornaba verde esmeralda. Se sentó sobre una piedra llena de moho y vio como el aire agitaba las aguas del lago apenas con un poco de fuerza. Se abrazo las rodillas al pecho y recargo su barbilla sobre las primeras. Sus ojos se llenaron de lágrimas, apretó los ojos con fuerza haciendo que dos lágrimas por lado cayeran sobre su pijama y su bata blanca. Aquella noche la luna brillaba con fervor, tanto que parecía que esa parte del bosque poseía luz propia, como por un encanto. Parecía todo aquello tan inmóvil y soñoliento pero con extrañeza relucía de animación. Las flores salvajes del bosque danzaban al compás del susurro del viendo traicionero que cambiada de ritmo cada que quería, pero las primeras jamás perdían su danza hermosa; cada rama de los árboles se tornaba fuerte un instante y débil a otro, sus hojas, caídas figuraban el llanto y tristeza de ellos. Y la joya que simulaba el agua era lo más hermoso que recordaba en mucho tiempo. Quiso parar de pensar en Hector, ¿por qué había ido ahí, entonces? ¿Qué anhelaba encontrar allí? Resultaba completamente contradictorio que sintiera como su mente se perdía y su corazón agonizaba pero no deseaba apartarse de ese lugar. Lo vio todo muy claro:
-¿Qué hacemos aquí?- había preguntado ella a Hector con curiosidad y esperanza.
-Disfrutar de una bellísima noche.
Podría haber sido así, pero era Diciembre y el frío aquel año había llenado a todo Londres de una pesadumbre impresionante; ignorando aquello resultaba una noche despejada, se podían ver las estrellas, aún las más pequeñas, brillar, aferrándose a ser vistas.
-Tengo frío. Pudimos charlar en otro lugar, ¿no te parece?- Arlene de verdad tenía frío, pero le gustaba la situación en la que se hallaba. Amaba a Hector.
-No. Lo que te voy a decir ahora no es para nada propio de charlarlo en algún otro sitio que no sea este bosque.
La mente de Arlene se lleno de dudas cuando Hector termino la frase sin ni siquiera mirarla, su tono de voz era indiferente, seco, ¿distante?, ¿insensible?, nada que Arlene pudiera haber escuchado en él antes.
-¿Qué pa-sa? - murmuro Arlene tratando de esconder su temor.
-Tu padre no me acepta. -Era cierto, Jonathan Berkeley no aceptaba que su hija estuviera enamorada de él. Hector dijo aquello con tanta serenidad que pareció que hasta estaba complacido con ello. - Y no me importa...- vacilo un momento en lo que trago saliva y miraba concentrado la mano de Arlene; la última lo miraba fijamente, casi sin parpadear. -Quiero casarme contigo- confesó al fin.
El corazón de Arlene se lleno de entusiasmo pero se sintió un poco de confusión.
-¿Perdona?- Arlene no pudo evitar articular esta palabra en voz alta. La mirada de Hector cambio de esperanzada y plácida a triste y sombría.
-Si, me quiero casar contigo. Le guste a quien le guste. Tú eres lo más preciado que tengo.- dijo Hector con dulzura, recalco demasiado el tú.
-Pero...
-¿No es eso lo que tu deseas?- le interrumpió vertiginosamente. Estaba apunto de ponerse de pie y pedir una disculpa. Deseaba correr y morir antes que escuchar que Arlene se negaba a casarse con él.
-Si.
-¿Entonces que sucede? Temes que esto pueda traer problemas, ¿cierto?- Su voz se torno tan comprensible y vacía de dudas al principio pero le preocupaba el hecho de la aflicción de Arlene.
-En algún sentido así es. Pero te amo, y quiero estar contigo siempre.- Dijo lo último con suma rapidez y con un tono tan solemne y profundo que Hector suspiro.- No importa lo que pase. Solo que pienso que deberíamos esperar un poco más antes de... tú sabes... antes de eso...- Arlene no solo fue incapaz de pronunciar la palabra sino también de considerarla seriamente.
-De acuerdo. Como tú gustes. Pero solo déjalo más claro: ¿eso es un "si"?
-No. Es un reverendo "Acepto".
Los fuertes y musculosos brazos de Cormark rodearon a Arlene. Así permanecieron por un buen tiempo rodeados solo por la oscuridad y el frío que emanaba el bosque. Una espesa bruma caía desde lo alto de los cielos. El destino que parecía tan misterioso y poco confiable quizá, por una noche, estuviera de su lado del tablero.
-Debemos irnos ya- el tono de voz de Hector fue demasiado claro y dio pocas oportunidades a una réplica. Tomo a Arlene por la cintura y la levanto con una sola mano. Al tenerla frente a él su mirada de ilumino aún en aquella noche de invierno inglés.
-No- replico Arlene.- ¿Y si nos vamos y nada es igual entonces?- la pregunta de Arlene era inteligente.
-Siempre tendremos este sitio...- respondió Hector a la par de que acercaba su cara a los oídos de Arlene- Siempre... - volvió a susurrar.
Arlene limpio sus lágrimas con su hermosa bata. Hundió su cara entre sus rodillas. Intentada mantener su mente fría y vacía pero por más que trataba algo siempre le recordaba a Hector o a Arthur de la Cruise o al formidable Damien Roullier. De pronto, un pensamiento tan veloz que pareció imperceptible le recordó a Edward. ¿Por qué diablos nadie sabía nada de él? ¿Algo le había pasado? ¿El asunto de la muerte de Madeimoselle Jaqueline había empeorado? ¿Acaso ahora lo involucrarían a él en aquel embrollo? Y el Marqués de la Cruise ¿por qué no había escrito aún? ¿Tan malo era aquello?...
Su mente se ocupaba de analizar eso que cuando un grito ensordecedor le llego a los oídos tuvo que taparlos. Era un grito de horror. Provenía de lo más adentrado el bosque. El escándalo sonaba aterrador, la voz de una mujer gritaba suplicando piedad, pero nadie le respondía. La desesperación de su voz sonaba tan rotunda que daba la impresión de la que estaban torturando. De pronto la mente de Arlene le jugó una broma de mal gusto: Una mujer sangrando de su cara, con el cabello rubio y facciones delicadas, delgada en extremo; gritaba suplicando misericordia. Sus uñas se encajaban en la hierba del bosque, su cuerpo se revolcaba tratando de huir de una figura entre las profundas sombras, ésta última sólo la seguía caminando con lentitud. La veía sufrir con gracia y placer. De pronto, la sombra, en cuestión de un segundo se encontraba delante de la mujer. Pateo su cara fina con tal brusquedad que la mujer perdió el sentido por completo. La sangre seguía fluyendo de su boca y su nariz, la sombra, a la cual ya se le reconocía forma humana, encendió sus ojos cuando la sangre inundo la hierba. La extraña sombra se arrodillo y tomo un mechón de cabello de la mujer, lo olio con tanto gusto y éxtasis que pareció enloquecido por él. Después echo el cabello de la dama a un lado y se inclino, puso la punta de nariz en el cuello de la inconsciente. Después, tomo el cuerpo completo de ésta y lo puso sobre sus fuertes rodillas. Contemplo su rostro repleto de sangre, pasó su dedo índice por los párpados cerrados de esta, esperando que la última despertara: así fue. Abrió los ojos con tal debilidad que quizá apenas vio la figura que la miraba curioso.
-Por favor...- susurro con una voz dulce y casi moribunda.
-No te dolerá- respondió la sombra cerrando los párpados de la joven suavemente. Sonrió con malicia y maldad. Alejo el cabello de la joven rubia de nuevo y acerco su boca a su cuello. Le clavó los dientes. Cuando levanto la cara después de varios muchos segundos la sangre de la pueblerina le corría por la barbilla y sus ojos se tornaban más deseosos y ansiosos que antes. Se levantó de un tirón y dejó caer el cuerpo inerte de la rubia sobre el bosque. Clavó los ojos como si pudiera ver a Arlene.
-¡No!- gritó Arlene horrorizada por su visión. Sintió una pesada vista sobre ella. Provenía de la dirección del grito desgarrador. El eco del estallido seguía ahí. Pero Arlene se estremeció al pensar en penetrar más en el bosque. Algo la instó a que corriera de aquel lugar. Sin saber porqué, Arlene dio medio giro y corrió tan rápido como sus débiles y lastimados pies se lo permitieron. Tropezó frente al tronco de su pasado. Pero ahora sentía más deseo de correr que antes. Se levantó y continuó su carrera. Solo miro atrás cuando paso junto al árbol donde Hector y ella se habían jurado amor. Cuando llego a los límites el bosque un gran alivio le lleno el corazón. Camino sobre cada piedra que había. Llevo a la entrada principal de la casa y busco la llave de cobre de la cerradura. Abrió la puerta y entro a la imponente construcción, incluso ahora le parecía más fría que el bosque mismo. Subió las escaleras torpemente tratando de no despertar a nadie, pero no lo logró.
-¿Qué haces, Arlene?- pregunto aún dormitando Page. Bostezó.
-Quería un vaso con agua- dijo Arlene con un solo hilo de voz.
-Sube ya.- sentencio Page cuando se dirigía a su alcoba.
Nadie, incluso la misma Arlene, pudo notar las lágrimas que corrían en las mejillas de la menor de las hermanas.
Morgan de Vampouille
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